
Oscar Picardo Joao
opicardo@uoc.edu
“El fanatismo aparece donde un genio se rodea con un manojo entero de idiotas” (Paul Carvel)
Uno de los principales tópicos en las ciencias del comportamiento humano es la construcción cognitiva e identitaria del fanatismo . La pregunta de fondo es: ¿Cómo se transforma un sujeto normal en un fanático o radical?
El fanatismo o comportamiento fanático se define como la conducta apasionada o actividad que se manifiesta con exageración y actitud desmedida, irracional y tenaz de una religión, causa política, idea, teoría, cultura, estilo de vida, persona, celebridad o sistema, entre otros aspectos que podrían desencadenar este fenómeno.
Según diversos especialistas, el fanatismo es un estado mental caracterizado por la adhesión tenaz y prolongada a determinadas creencias. En la mente de un fanático, estas creencias adquieren una relevancia superior a las demás ideas, hasta el punto de transformar sus actos en formas de manifestar estas abstracciones o aspiraciones. Creen de un modo absoluto e incondicional en un tema o cuestión determinada y muestran una fuerte adhesión afectiva hacia él.
Existen dos claves para entender las conductas fanáticas: 1) Dimensión cognitiva, está constituida por el conjunto de ideas con determinadas características y creencias que hace suyas al sujeto fanático. El creyente suele creer no solo que el mundo es de una forma, sino que él puede transformarlo mediante esa creencia en lo que él quiere; y 2) Dimensión emocional, en la actualidad, no existe evidencia suficiente que clasifique el fanatismo como un trastorno de la personalidad. Si es cierto que algunas personas fanáticas pueden presentar trastornos de personalidad, pero no significa que el fanatismo lo sea, pero es evidente la pasión, el entusiasmo exagerado y el apego desmedido, del fanático frente a su referente.
Usualmente nos encontramos con una diversidad de fanáticos en diversos ámbitos: religioso, deportivo, político, antirreligioso, conspirativo, anti-ciencia o enfocado en una personalidad, líder o figura. En opinión de la criminóloga Marina Fernández, la mayoría de estos fanáticos poseen ciertos rasgos: a) Autoimagen combativa; b) Comportamiento suspicaz o explosivo; c) Estilo cognitivo dicotómico y dogmático; d) Irascibilidad; d) Comportamiento interpersonal que va desde la sumisión a lo extra punitivo; e) Ciertos mecanismos de defensa como la racionalización y la sublimación; y f) Cierta fragilidad del yo.
El fanático tiene una “distorsión perceptiva” o padece de “disociación cognitiva”; las reglas se subvierten; se modifican los valores y la percepción se distorsiona progresivamente hasta límites complejos, conductas desafiantes e inclusive capacidad de cometer actos violentos.
Algunas investigaciones en el campo de neurociencias señalan que un neurotransmisor químico llamado dopamina podría jugar un importante papel en los procesos cerebrales que conducen comportamientos fanáticos, independientemente de la forma en que se expresen. La Dra. Andrea Aguirre, psiquiatra infanto-juvenil, señala que “las neuronas que manejan la dopamina están muy relacionadas con las emociones que experimentamos y se activan cuando el organismo obtiene placer con alguna acción”.
No podríamos dejar de lado en el análisis los aportes de Zimbardo; en efecto, el experimento de la cárcel de Stanford (1971) es un conocido estudio psicológico acerca de la influencia del ambiente extremo, la internalización de nuevos roles y el cambio de conductas hacia actitudes sádicas. El resultado del experimento demuestra la impresionabilidad y la obediencia de la gente cuando se le proporciona una ideología legitimadora y el apoyo institucional. También ha sido empleado para ilustrar la teoría de la disonancia cognitiva y el poder de la autoridad.
En psicología se suele decir que el resultado del experimento apoya las teorías de la atribución situacional de la conducta en detrimento de la atribución disposicional. En otras palabras, se supone que fue la situación la que provocó la conducta de los participantes y no sus personalidades individuales. De esta forma sería compatible con los resultados del también famoso experimento de Milgram, en el que gente ordinaria cumple órdenes de administrar lo que parecen shocks eléctricos fatales a un compañero del experimentador.
Desde el punto de vista cognitivo, la radicalización o el fanatismo no suele ocurrir de forma repentina o abrupta. Generalmente es un proceso gradual en el que interactúan factores psicológicos, sociales, emocionales y contextuales. No implica necesariamente que la persona tenga menor inteligencia; de hecho, personas muy educadas también pueden radicalizarse.
1. Necesidad de significado y certeza: Muchas investigaciones sugieren que el proceso suele comenzar cuando una persona experimenta: Crisis personales o identitarias; sentimientos de humillación, injusticia o exclusión; pérdida de estatus o propósito; o Incertidumbre sobre el futuro. En estas circunstancias, el cerebro busca explicaciones simples para comprender una realidad compleja.
2. Simplificación cognitiva: La mente humana utiliza atajos mentales (heurísticas) para procesar información, así la persona comienza a adoptar esquemas como: «Nosotros contra ellos»; «Los buenos contra los malos»; «La causa de todos los problemas es este grupo»; «Existe una única verdad.» Esta simplificación reduce la ambigüedad y genera sensación de control.
3. Sesgo de confirmación: Una vez que la persona adopta una explicación inicial, aparece uno de los mecanismos cognitivos más poderosos: Sesgo de confirmación (Confirmation Bias). La persona comienza a buscar información que confirme sus creencias, ignorando la información contradictoria. En este contexto, reinterpreta evidencias para ajustarlas a su visión y con el tiempo se crea una «burbuja cognitiva».
4. Identidad grupal: La radicalización se acelera cuando la creencia se convierte en identidad. La teoría de la identidad social desarrollada por Henri Tajfel muestra que las personas derivan autoestima de pertenecer a grupos. Entonces aparece el sentido de pertenencia, la lealtad emocional, la presión para conformarse, el rechazo de quienes piensan diferente y la creencia deja de ser una opinión y pasa a ser parte del «yo».
5. Polarización grupal: Cuando individuos con ideas similares interactúan constantemente, suelen volverse más extremos. Este fenómeno se conoce como “Group Polarization”. Las redes sociales funcionan como un catalizador y pueden amplificar este efecto porque los algoritmos tienden a mostrar contenido similar al que ya consumimos.
6. Deshumanización del adversario: En etapas más avanzadas de la radicalización o fanatismo aparece la deshumanización; la persona comienza a percibir al otro grupo como ignorante, malvado, corrupto, inferior hasta peligroso. Esto reduce la empatía y facilita justificar acciones cada vez más extremas.
7. Cierre cognitivo: Algunos investigadores hablan de la necesidad de «cierre cognitivo» o Need for Cognitive Closure; consiste en una fuerte preferencia por respuestas definitivas, reglas claras, autoridades incuestionables y menor tolerancia a la ambigüedad. Desde esta perspectiva las ideologías extremas suelen ofrecer precisamente eso, una especie de coraza moral.
8. Blindaje de la creencia: En esta etapa, la creencia se vuelve resistente a la evidencia; paradójicamente, cuando se presentan datos contrarios puede ocurrir el fenómeno conocido como “Backfire Effect”; la persona puede reforzar aún más su posición porque interpreta la crítica como un ataque a su identidad.
El problema psicológico de fondo es la “búsqueda o restauración de significado”; este elemento semiótico perdido, deteriorado o dañado por el contexto, probablemente se descubre frente a otros actores devotos o es guiado por un líder emergente emancipador.
En el fondo, sobre todo en una etapa de desarrollo de la personalidad, los jóvenes buscan “pertenecer” a un grupo y ser “reconocidos” en este grupo; en no pocos casos, las familias disfuncionales o familias saturadas o agobiadas por asuntos económicos descuidan las relaciones o lazos y los jóvenes buscan otros espacios; a veces lo encuentran en iglesias, deportes, grupos culturales o partidos políticos; en otros casos son aceptados en pandillas, barras bravas, grupos mafiosos, fascistas o de crimen organizado.
Las investigaciones sobre “Humor social y político: cosmovisión e ideología”, “Síndrome de adaptación paradójica” y “Satisfacción vicariante” nos están abriendo paso para realizar experimentos sociales y construcciones teóricas para comprender las conductas políticas contemporáneas.
Uno de los fenómenos más comunes que observamos en la cotidianeidad de las redes sociales es el “radicalismo o fanatismo” frente a cualquier comentario que realice una crítica asociada a determinados proyectos o personalidades. El radicalismo, más allá del fanatismo, implica un paso más adelante y un “compromiso” conductual que conlleva otras implicaciones más sofisticadas de la mente humana. La radicalización es un proceso mediante el cual los individuos, a menudo jóvenes, pasan de apoyar puntos de vista moderados de la corriente principal a apoyar puntos de vista ideológicos extremos.
Tratando de responder a la pregunta, ¿qué motiva a individuos “normales” para convertirse en radicales? Webber y Kruglanski (2017) proponen que la respuesta se haya en la intersección de tres fuerzas psicológicas a las que denominan las 3N (Needs, Narratives, and Networks): 1) las necesidades o motivación del individuo, 2) las narrativas ideológicas de la cultura del individuo, y 3) la interacción entre la presión grupal y la influencia social que ocurre dentro de la red social del individuo. Profundicemos…
Necesidades: La búsqueda de significado -y el sentido de pertenencia- se refiere a la necesidad de las personas de marcar la diferencia, importar, ser alguien. Así, la búsqueda de significado sería una fuerza motivacional general, más allá de la mera supervivencia, que integra diferentes motivaciones como el honor, el estatus social, la venganza y la lealtad. Ha sido reconocida por los psicológicos teóricos bajo diversas etiquetas tales como competencia, logro, autoestima, dominio y motivación de control. Lo crucial es que la influencia, la estima, la competencia, el logro o el control se definen social o culturalmente.
Narrativa: La segunda fuerza psicológica es la narrativa cultural o equipaje ideológico. Los individuos cuentan con una lista de medios culturalmente determinados que están socialmente compartidos y enraizados en una ideología a la que su grupo se suscribe. La ideología es la que identifica los objetivos y los medios apropiados para alcanzarlos. De este modo, la reacción depende de la norma cultural que sea relevante en cada situación. Si las normas prosociales son salientes, las personas se comportarán de forma más prosocial.
Networking: La red social se refiere al grupo de personas que se suscriben a la narrativa. Su manera de contribuir a la radicalización individual es doble. Por un lado, el contacto con dicha red hace que la narrativa justificadora de comportamientos inadecuados se haga cognitivamente accesible para los sujetos. Por otro lado, el apoyo de la red a la narrativa la valida y sirve como prueba de su veracidad y solidez. La validez de la ideología justificadora de actitudes radicales se desmoronaría si no se compartiera de manera consensuada dentro de un grupo más grande. Mantener la fe en estas ideologías, como con todos los sistemas de creencias, requiere una validación consensuada.
Las necesidades están dadas por ciertos entornos difíciles o desfavorecidos -pobreza, postguerra, apartheid, etcétera-; las narrativas se construyen con maquinaras de propaganda, marketing, comunicaciones y manipulación, diseñando respuestas para modificar los esquemas ideológicos; las redes o networking son encadenamientos sociales jalonados por ciertos actores políticos, liderazgos o compra de voluntades.
Pero además de las teorías de Webber y Kruglanski podríamos identificar otros triggers que generan respuestas cognitivas radicales en nuestra cultura política latinoamericana: a) Un favor de lealtad política: cuando recibimos favores clientelares o cargos en estructuras gubernamentales; b) idealismo ignorante: cuando se genera una relación de admiración sin sentido o justificación; c) soteriología política: cuando hay una visión salvífica o mesiánica centrada en un personaje; d) sumisiones socio-económicas: reafirmaciones clasistas de superioridad; e) jerarquía de violencia: cuando se desarrolla una relación encadenada de superioridad por magnitud de la violencia; entre otras.
Desde este anterior punto de vista, los radicales conforman líneas concéntricas de poder, sucesión o cercanía, aspirando a defender, proteger o acercarse al nodo fundamental.
El radicalismo termina en una especie de “fundamentalismo”, una especie de actitud literal, rígida y leal; ciega a otros puntos de vista, y férrea defensora de ciertas ideas; no importa que se presenten argumentos, evidencias, es un asunto casi de fe…
El análisis de las manifestaciones de radicalización política en diferentes contextos permite diferenciar una serie de rasgos comunes: a) suele estar integrada dentro de una estrategia mayor (está al servicio de esa causa); b) aparece ligada a otras iniciativas con objetivos idénticos o muy parecidos de carácter pacífico; y c) es menos frecuente que otras acciones o instrumentos de cambio político como la propaganda, la lucha electoral, la concurrencia política o las manifestaciones.
Los factores sociales que determinan la radicalización son la dispersión de la responsabilidad, desplazamiento de ésta bajo obediencia y desindividuación mediante la pérdida de identidad personal. Los factores internos derivados de un reajuste cognitivo que desinhiben estas conductas radicales pueden ser factores perceptivos de desconfianza en los sistemas políticos, e incremento de prejuicios, estereotipos y la autoeficacia para conseguir modificar las cosas.
Mantener en el tiempo un grupo radical no es una tarea sencilla; se necesitan recursos materiales y alimentar ciertas ideas, doctrina, identificar amenazas y enemigos, culpables, activismo físico o digital, simbología, etcétera. Por otro lado, la radicalización ideológico-política constituye un elemento inherentemente vinculado a la polarización de la sociedad y su respectiva interpretación, generando crisis, situaciones difusionales, enfrentamiento de colectivos y represión. Todo esto parece un espejo…
Finalmente, otro elemento adicional en el proceso de radicalización es la “fusión de la identidad”, lo cual ocurre cuando la identidad social se vuelve un componente esencial del autoconcepto personal; en efecto, se desarrolla un sentimiento visceral de unidad con determinado grupo en el que el yo personal y el yo social se fusionan, perdiendo o debilitando la personalidad individual frente al grupo.
En los grupos de radicales, las sinergias y los lazos relacionales cambian, a tal punto que aparece una creencia de “invulnerabilidad”, nuevos vínculos fraternos, nuevas convicciones morales, nuevos valores, todo apuntando hacia un modelo protector o defensivo.
El fanatismo y la radicalización son un producto social, un constructo fabricado por sociedades excluyentes, que por años ignoraron las condiciones desfavorecidas de los otros. De repente, se despliega una implosión social y el fenómeno comienza con sus daños colaterales.
Frente al fanatismo descubrimos tres elementos, ya señalados por Albert Ellis (Activating event; Beliefs; Consequence): Una personalidad débil, ignorante, en crisis o resentida; el aparecimiento de un elemento iluminador, inspirador o que posibilita pertenencia; y el cambio de conducta como consecuencia. Agreguemos a lo anterior el fenómeno de la “satisfacción vicariante”: es decir, cuando alguien pusilánime se proyecta en un ideal, basado en sus carencias o necesidades. Aquí se despliega una relación emocional e incondicional.
El fanatismo genera “conductas contagiosas”. Desde el punto de vista psicosocial, el contagio conductual suele analizarse desde las reacciones emocionales en situaciones caóticas ocasionadas por emergencias o alarmas; así, grupos humanos reaccionan con agitación motriz, desorientación, compulsión, sugestionabilidad y otras alteraciones o distorsiones perceptivas.
Desde otro punto de vista, la histeria colectiva (enfermedad psicogénica de masas) es un caso de ataque de ansiedad en grupo. Se caracteriza porque aparecen una serie de síntomas psíquicos y físicos que se van propagando en un colectivo. Como en un efecto dominó, los síntomas se van contagiando.
Pero en este caso del fanatismo, el dinamismo de contagio puede encadenarse y desarrollarse en un proceso paulatino, particularmente a través de redes sociales u otros mecanismos que contribuyan a encuentros de afinidad de ideas y, sobre todo el “sesgo de confirmación”: buscar y oír lo que confirma mis propias ideas.
¿Cómo salir de este círculo vicioso? Las investigaciones sugieren que algunos factores protectores son el pensamiento crítico, la exposición a perspectivas diversas, la educación en alfabetización mediática, el contacto frecuente con personas de distintos grupos, la capacidad para tolerar la incertidumbre y la complejidad y el desarrollo de una identidad múltiple (familia, profesión, comunidad, aficiones, etc.) en lugar de una identidad única y dominante.
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