Ramón Obdulio Lara Palma (PhD)
Universidad Don Bosco, San Salvador.
Sacralización de los “ritos deportivos”
El mundial de futbol está en pleno desarrollo. La euforia y el éxtasis en esa contienda deportiva llega a la exuberancia. ¿Qué deben aprender los cristianos de esos eventos deportivos? Hay muchas claves de lectura que podemos encontrar y muchas lecciones que recoger. Ante todo, hay que resaltar el alto grado de semejanza que ha adquirido el lenguaje y los ritos de los eventos deportivos, sobre todo del futbol, respecto a la liturgia sagrada. Al observar la ceremonia de clausura del mundial de Qatar se pudo notar un rito de entrada, una entronización de los ministros y una serie de gestos de profunda y adorante reverencia a la “Copa del Mundo”, que fue besada y ostentada como verdadero “ostensorio sagrado” expuesta para la adoración.
El lenguaje de la liturgia sagrada casi ha sido secuestrado por la liturgia mundana, ya que hasta los estadios son llamados “las catedrales del fútbol”. Los mejores deportistas son llamados divos (“divinizados”) y los partidos entre los distintos clubes o selecciones nacionales se convierten en “verdaderas” liturgias. Al respecto, me atrevo a compartir los siguientes párrafos que escribí hace diecisiete años, cuando fui partícipe en Italia de la final de la Champions League, entre los equipos del Barcelona y el Manchester United, disputado en el estadio Olímpico de Roma en 2009. Estas fueron mis palabras:
“Es mediodía y el sol arde por ser pleno verano. Una luminosidad heliostática cubre la catedral del “Calcio”: el Olímpico de Roma. Las calles y avenidas romanas se han convertido en hileras azul grana y rojo diabólico. Pocas veces se ve en la vetusta Roma una tal vitalidad: ¡Olé, olé, olé, olé, Barça, Barça!
Impulsado por tanta euforia me dirijo al Olímpico. Aquello es una verdadera fiesta; más que fiesta, un bacanal. Sin embargo, pude ver que unas camisetas con determinados colores convierten a los presentes en una verdadera “Koinonía”: “no hay ya distinción de raza, lengua, pueblo o nación”. Un mexicano, un africano, un catalán, un coreano, un romano, todos forman un mismo cuerpo, y se sienten un solo ser en torno a su equipo: la camiseta y sus colores los unen como “la vid une los sarmientos”.
Me da envidia ver aquella fiesta: una verdadera liturgia (si tomamos en cuenta que el significado etimológico de liturgia es “participación activa del pueblo en un acto público”). Las familias completas, desde el abuelo hasta el lactante, están reunidas esperando entrar al “santuario”. La devoción se puede tocar. ¡Cuánto han cambiados los tiempos! En el fondo me hice esta pregunta: ¿Tendrán mis hermanos cristianos la misma euforia por ir a la liturgia dominical como la tienen estos aficionados respecto a sus equipos? ¡Qué envidia! Pues siendo realista, la respuesta es un rotundo: ¡NO! ¡Cuánto debemos aprender de las nuevas liturgias!
Confieso que me sentí muy tentado en querer entrar para formar parte de esa gran asamblea. Sólo que había un pequeñísimo inconveniente: ¡600 a 1200 euros! ¡Nada más! Mi corrosiva envidia me invadió aún más. Doy la vuelta y sigo pensando en mis adentros: ¿Por qué los miembros del equipo de Jesús no logramos entusiasmar como lo hacen Messi, Cristiano Ronaldo y Eto´o?”.
Esas eran las estrellas que brillaban en el cielo deportivo de aquel momento. Hoy se agregan Haaland, Mbappé, Yamal, Kane y Mané, por sólo mencionar algunos de los nombres que forman el actual panteón secular.
De la justa futbolera mundialista de Qatar 2022, algo me llamó la atención: al momento de entregarle el trofeo al capitán ganador, cuando le colocaron una capa especial, un comentarista del evento no dudó en afirmar: “He aquí el Messias, el Rey”, haciendo alusión al concepto bíblico, ahora aplicado al campeón de aquella justa mundialista. La religión del fútbol es real, y sus feligreses ya ni se pueden contar. ¿Qué podemos concluir en torno a este cambio litúrgico y ritual?
Mundanización de los “ritos sagrados”
Con lo dicho hasta aquí, sólo ha querido ser un llamado la atención en torno al traspaso semántico del rito sagrado al rito profano deportivo. De ninguna manera se condena el deporte; al contrario, debe haber un convencimiento de que Dios habla a través del lenguaje y la experiencia deportiva. Más bien, si fuera posible, en las parroquias debería desarrollarse una ingeniosa “pastoral deportiva”. Sin embargo, lo que se expondrá a continuación quiere ser un llamado de atención a no dejarse seducir por las pompas ceremoniales que pueden degradar y desvirtuar la grandeza de la liturgia eclesial en su más genuina esencia.
Reconozco que debo retractarme respecto a lo que esbocé hace diecisiete años cuando utilicé la definición de liturgia como “participación activa del pueblo en un acto público”. Los liturgos me podrán corregir en torno a esa comprensión del concepto. Pero lo cierto es que la liturgia implica una profunda participación de la asamblea, “Plena, Consciente y Activa”, como lo propuso el Concilio en la Sacrosanctum Concilium 14; eso no quiere decir que sea una participación a la manera de un espectáculo. El delirio y la euforia de un partido de fútbol no tienen nada que ver con el concepto de participación litúrgica.
Hay muchos “telepredicadores cristianos” que hacen de sus “cultos religiosos” un auténtico y refinado espectáculo. Con ello buscan entretener al “público espectador”. Ahí no se trata de fieles que son atrapados por la belleza del rito, quienes son conducidos a la contemplación del misterio, sino que se trata de participantes de un espectáculo a los que hay que distraer, divertir y complacer. Esos cultos son como las liturgias deportivas: muy atractivas, cautivan a los fanáticos, los entretienen y divierten, pero no pueden dar más. Una liturgia sagrada se vacía totalmente si busca entretener y satisfacer las emociones del público espectador. ¿Qué sentido tienen las arengas al pueblo con el fin de suscitar aplausos y crear euforia irracional?
Puede suceder que muchos ministros busquen hacer más atractiva la liturgia sagrada. Muchos se transforman en animadores de espectáculos más que en presidentes de aquel rito que actualiza el misterio pascual. La liturgia de la Eucaristía, para el caso, no tiene nada que ver con el ambiente de un partido de fútbol o un concierto de rock-and-roll, donde reina la euforia, explota la adrenalina y las emociones llegan al límite del delirio y la histeria colectiva. Debo insistir: la liturgia sagrada no es espectáculo. Si queremos hacer “atractivos” los ritos y celebraciones, tomémosle la palabra al Papa Francisco en “Desiderio Desideravi”, donde nos invita a una seria y responsable formación litúrgica del pueblo de Dios.
Si el Pueblo Santo de Dios no ha sido orientado y conducido por los caminos del misterio (mistagogía), no podrá saborear de la dulzura de la gracia que se esconde tras el rito ––sobrio y profundo, grato e intenso–– de la sagrada liturgia. Si el ministro no experimenta-vive el misterio que preside y no se deja llevar por el cause ritual donde se actualiza la obra salvífica de Cristo, a través de las palabras, los gestos y demás signos, no podrá conducir a la asamblea por los divinos causes de la acción sacramental. Tanto el pueblo de Dios como los ministros deben aprender el “ars celebrandi” para que los encuentros litúrgicos sean plenamente participados y llenos de piedad.
El santo pueblo de Dios debe ciertamente aprender el “arte de celebrar”. Siempre he corregido cuando me dicen: “padre, ¿usted va a celebrar la misa?”. Yo les digo: “Sí, yo voy a presidir la misa y tú la vas a celebrar conmigo”. Antes se decía que se iba a “oír Misa”. No. La Misa se celebra no se oye. Debemos participar en todo momento y en toda acción: los gestos (pararse, arrodillarse, sentarse), los cantos, los diálogos, etc., todo debe ser participado con grande y plena convicción. La liturgia, bien comprendida y celebrada dignamente, tiene lo suficiente para tocar el corazón. A la Misa, ciertamente, no se va a buscar un espectáculo entretenido, sino a sumergirse en el misterio pascual del Señor.
Tanto los ministros como el santo pueblo de Dios deben estar claros que se celebra una liturgia sagrada, no un acto de entretenimiento. Los ministros son servidores del misterio no animadores de espectáculo. Aprendamos todos el “ars celebrandi”, mejoremos el “ars dicendi” y completemos el “ars vivendi”. De las liturgias mundanas no tenemos nada que aprender. De ellas, más bien, debemos escapar. Su influencia es sin duda nefasta, hay que ponerlas en su lugar.



